Ceranda Digital

Publicado el 6 de Noviembre, 2005, 11:12

Escrito por  Enric Juliana, subdirector de la Vanguardia 

La Vanguardia - 03-11-05

El debate fue de gran altura y lo fue en muy buena medida gracias a la brillante intervención matinal de los tres comisionados catalanes. De una a dos de la tarde del día 2 de noviembre del 2005 se decidió probablemente la suerte de la democracia española para los próximos diez años. Era la hora del aperitivo en el mullido salón central del hotel Palace; era la hora del martini blanco, pero en el hemiciclo de la carrera de San Jerónimo, lleno hasta los topes y tenso hasta el límite de la valeriana, se trazaba una bifurcación de consecuencias muy inciertas para el futuro español. Era la hora del campari y desaparecían de las bandejas de plata de la España constitucional las últimas lonjas de la ambigüedad catalanista: o la derecha nacional española consigue amasar en los próximos meses una mayoría absoluta irreversible o esa misma derecha se verá abocada a una profunda mutación. Ysi ello algún día ocurre, España será definitivamente distinta.

Era la hora del vermut en el Palace y en el Ritz, cuando en el Congreso de los Diputados se evaporaba el margen histórico para un nuevo pacto del Majestic. Puede ser que el Partido Popular gane las próximas elecciones legislativas si en los próximos y decisivos meses consigue transformar en sólida corriente de fondo la actual ola emocional que recorre muchos rincones de España; una ola -que nadie se engañe- de una altura bastante superior a la prevista y con una fuerza de arrastre que supera con creces la desprestigiada capacidad de convocatoria del españolismo cañí. Puede ser que Mariano Rajoy gane las próximas elecciones legislativas, si esa ola no pierde altura de aquí a las elecciones regionales y municipales de mayo del 2006; pero el de Pontevedra no va a poder gobernar con el simpático recurso de hablar catalán en la intimidad. El PP o arrasa o pierde.

O caixa o faixa; esta vez sí.

La bifurcación se decidió por la mañana. Y se decidió en muy buena medida durante la intervención de Artur Mas, aunque no exclusivamente. Mas hizo un discurso impecable que viene a confirmar la maduración política que todo el mundo le reconoce en las últimas semanas. ¿Qué pasaje en la biografía de Mas ha provocado la súbita mutación del català emprenyat en un hombre que parece seguro de haber hallado el atajo salvador?

Los últimos acontecimientos de la política catalana sin duda constituyen para él y para los suyos motivo de bálsamo y esperanza, pero hay algo más. Los pactos con el poder; los pactos discretos con el poder suelen ser un manantial de energía. Mas sabe lo que ha hablado en la Moncloa. José Luis Rodríguez Zapatero, obviamente. José Montilla está al corriente. Pasqual Maragall -¡ay!- también; y los líderes de Esquerra, si no lo saben, se lo imaginan. Por ello en Catalunya se ha producido en las últimas semanas una turbulencia dentro de la turbulencia. La historia siempre se repite aunque sea banalmente: en 1937, el POUM, santo patrón del PSC, también organizó una turbulencia dentro de la turbulencia. Con resultados catastróficos.

El líder de CiU hizo un discurso de corte presidencial que gustó a muchos diputados españoles que apenas le conocen. Pero lo más importante de sus palabras es el (casi) definitivo cambio de rasante de la ambigüedad nacionalista: no hay espacio para un nuevo pacto del Majestic mientras en Madrid los comercios de propiedad catalana sean marcados con pintura amarilla como ocurría en el Berlín de los años treinta. Josep Antoni Duran Lleida lo remachó por la tarde con una intervención bien construida en la que hubo palabras muy duras contra las fuerzas de asalto del nacional catolicismo español. Los caminos de Joseph Ratzinger son todavía inexcrutables, pero si el nacional catolicismo de combate no logra reconquistar el poder en los próximos dos años, más de un monseñor va a ser llamado a capítulo en el terzo piano de los aposentos vaticanos. ¡Qué tiempos más interesantes!

Manuela de Madre estuvo emocionalmente espléndida. Seguramente demasiado para algunos dirigentes del PSOE que pudieron constatar la evidencia de un cambio irreversible: la inmigración andaluza ha dejado de ser el gran sujeto pasivo de la política catalana. Ha dejado de ser un sujeto aparte. Si los meridionalistas del PSOE aún no se habían enterado -José Bono estuvo ausente del debate en la sesión matinal-, ayer tuvieron ocasión de salir de dudas. Manuela de Madre hizo el discurso que Zapatero necesitaba para no acabar de sumir las casas del pueblo en el más absoluto de los desconciertos.

Y Carod, con el pie en el freno, también estuvo bien. Carod podía haber hundido el debate si hubiese sucumbido a la caricatura de sí mismo. Zaplana y Acebes lo esperaban en lo alto del desfiladero. El devenir de la política catalana es, a fecha de hoy, absolutamente incierto, pero Esquerra siempre podrá presentar como mérito propio el actual cambio de rasante. No es fácil su momento. Ahora le falta poder desmentir la mirada aguda y la prosa precisa de Josep Pla, que en sus crónicas parlamentarias de 1931 -muy citadas estos meses- retrató a los de Macià como el partido de los saltataulells.

Rodríguez Zapatero fue valiente pero subió a la tribuna medio asustado. En el segundo turno -prime time televisivo- parecía haber tomado un frasco de vitaminas. A las diez de la noche, Zapatero arreó. Nunca en la historia de España un presidente del Gobierno había reconocido con tanta claridad la identidad nacional de Catalunya y su contribución al bienestar español. Habría que remontarse a Manuel Azaña, pero aquellos eran otros tiempos. Esa valentía le puede costar cara -"¡en qué jardín nos ha metido ZP!", claman algunos diputados del PSOE en las noches insomnes de la calle Ferraz-, pero como escribe Raúl del Pozo, castizo y certero, o Zapatero cae envenenado por las toxinas de Madrid, o se eterniza. Lo veremos en los próximos meses. Ramírez, ¡más arsénico!

Rajoy evitó topar de frente con los comisionados de Barcelona, especialmente, muy especialmente, con Mas. Hizo un discurso Lhardy. Lhardy es uno de los restaurantes más clásicos de Madrid: portero de gorra ladeada, paredes forradas de cuero oscuro, cubertería antigua y un consomé legendario. Hoy se escribirá que el suyo ha sido uno de los grandes discursos de la democracia. Y Umbral será espléndido con él. Rajoy es buen parlamentario, pero ayer imprimió a su prosa afilada el ritmo de un martillo neumático. La apuesta del PP -¿la apuesta de Aznar?- de levantar a España contra el catalanismo parece no tener marcha atrás. O caixa o faixa.

Alfredo Pérez Rubalcaba replicó con nocturnidad: Fouché citando a la Assemblea de Catalunya tiene su punto. Tenso como un viejo arco budista, Jordi Pujol asistía al posible fin de la ambigüedad catalanista -de su eficaz ambigüedad- casi sin pestañear. En momentos así, Pujol resulta inquietante: parece que ya tiene calculadas las diez siguientes jugadas. Y Pasqual Maragall era pura melancolía. Dijo cosas interesantes a la prensa, salió a pasear por el Retiro y una gitana le leyó la mano. Cuidado con dar a Maragall por muerto.

Ver además:

Texto Integro del Debate Estatuto Catalan

Tercera Intervención en el Pleno de Jose Luis Rodriguez Zapatero

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