Ceranda Digital

Publicado el 25 de Noviembre, 2005, 13:00

Escrito por Tomas Fernandez Antuña (*)

La Nueva España - 19-11-05

Eduardo Haro Tecglen decía que la política destroza todo aquello que trate de contenerla, incluso a los hombres. Sobre todo a los hombres. En realidad, la política se destroza a sí misma. De la misma forma que la gramática es una ley posterior al lenguaje, la política es posterior a los hechos que trata de comprender, o que trata de apresar, de capturar.

Por otra parte, la política es voraz. Tiende a asimilar todas las ramas del saber humano y, muy especialmente, las de la ignorancia humana. ¿Es un arte la política? Hay algunos centenares de libros que tratan la política de manera artística o que hablan del arte de gobernar. Yo no creo que la política sea un arte porque habitualmente es grosera, poco sutil y, desde luego, nada estética. ¿Será acaso una ciencia? Sin duda existen facultades de Ciencias Políticas (yo mismo estoy matriculado en una), pero tampoco considero que sea una ciencia o al menos no creo que el método científico pueda extrapolarse a la política, porque no hay dos hechos políticos que se repitan y de los que puedan extraerse enseñanzas válidas. Entonces, ¿qué es la política? Ni siquiera el lenguaje nos lo pone fácil, pues si intentamos buscar en un diccionario algunos términos que nos permitan matizar la palabra política nos daremos de bruces con sinónimos del tipo «gobierno, legalidad, régimen, constitución, Estado, opinión pública», y un largo etcétera, términos todos ellos que, en ningún caso, contienen la definición o representación de la palabra política.

Quizá la política no exista como definición y ésta no sea más que una hipótesis de trabajo mediante la que las personas busquen fórmulas de convivencia y de perfección de la sociedad en la que habitan. Pero si bien la política no existe como definición cierta, lo que resulta un hecho incuestionable es que existen los políticos, que serían aquellos que por el pensamiento o la práctica tratan de hacer que la política exista, pues ellos, sin ésta, no serían nada.

Partiendo de la absoluta indefinición de la palabra política, nadie en su sano juicio puede dudar que la tarea de los políticos es una tarea compleja. Pero la complejidad de su labor no reside en identificar los problemas, sino en intentar resolverlos. Porque los políticos no están para explicarnos o describirnos los problemas, sino que su labor primordial radica en plantearnos soluciones posibles a esos problemas de los que ya somos conscientes. Si me permiten la metáfora, me atrevería a decir que los políticos son los médicos de nuestra sociedad, pues considero que la tarea política también debe atesorar esa labor asistencial y generosa que se me antoja necesaria a la hora de bregar con los problemas y conflictos que se plantean en nuestra sociedad. Por eso su labor no debe consistir exclusivamente en diagnosticar la enfermedad, sino en arbitrar los tratamientos o las pautas que permitan atajarla.

¿Y qué papel juega el ciudadano en todo esto? Pues, sin duda, el papel fundamental, pues es el efecto y la causa de la política; su principal protagonista y destinatario.

Sería ridículo negar que el matrimonio formado por el político y el ciudadano arrastra una larga crisis, pues la opinión que éste tiene de aquél suele ser, por lo general, bastante crítica. Y si bien dicha crítica suele estar justificada, en la mayoría de los casos la misma me parece un tanto incoherente, pues quien la formula no se compromete o no hace otra cosa más que quedarse en eso, en la mera crítica. ¿Ustedes creen realmente que nuestro compromiso como ciudadanos se diluye en la queja o se agota en la critica a los políticos de turno? No se confundan. El compromiso ciudadano hay que ejercerlo día a día intentando transformar esa parte del presente que no nos gusta y trabajando para construir ese futuro que queremos. Y para eso debemos tener muy claro que los ciudadanos no podemos ir por detrás de los acontecimientos, sino que somos precisamente los ciudadanos quienes los provocamos. Si no lo percibimos de esta forma y consideramos que nuestro papel como ciudadanos consiste en instalarnos en el lenguaje de la queja pasiva o en criticar de forma inmovilista a nuestros políticos, estaremos imitando aquellos comportamientos que criticamos y seremos los principales responsables de cuanto nos ocurra.

Es cierto que es el político el que voluntariamente asume la responsabilidad que el ciudadano luego le exige, pues, que yo sepa, a nadie se le obliga a dedicarse al oficio de la política. Pero aunque esto sea cierto, no lo es menos que somos precisamente los ciudadanos los que tenemos la responsabilidad de tomarnos en serio esa labor de denuncia participativa y activa, aprovechando los distintos medios que la sociedad nos brinda, y entre los que se encuentran los propios partidos políticos, para exigir que esos políticos ejerzan como ciudadanos en la política, resolviendo y dando cumplida respuesta a los problemas que nos preocupan. Tenemos, en definitiva, que tomarnos las molestias precisas para luchar por aquello que queremos.

Claro que otra opción puede consistir, como ocurre en la actualidad, en decirnos mutuamente frases de cortejo propias de los matrimonios en crisis y mediante las que suscribimos esa incoherencia de la que antes les hablaba. Así, el político seguirá diciendo que «los ciudadanos siempre tienen la razón», en una puesta en escena poco creíble, pues si en realidad estuvieran convencidos de tal expresión, por coherencia, algunos ya deberían haber abandonado la política hace mucho tiempo. Es una especie de despotismo ilustrado moderno: «Todo para los ciudadanos, pero sin los ciudadanos». Por el contrario, la frase al uso del ciudadano medio seguirá siendo ésa de que «tenemos lo que nos merecemos», y que constituye la mayor expresión de resignación que quepa esperar de un ciudadano y a través de la cual asume que no se merece nada mejor. Pues allá usted con su conciencia y su conformismo. Desde luego, y por fortuna, otros muchos ciudadanos sí creen que se merecen mucho más y se toman diariamente las molestias para tratar de alcanzarlo. Y lo hacen porque tienen muy claro que aunque ellos no se ocupen de la política, la política sí se ocupará de ellos.


(*): Tomás Fernández Antuna es abogado y miembro del Patronato de la Fundación Emilio Barbón, de Asturias

     

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