Ceranda Digital

Publicado el 8 de Abril, 2007, 13:56

Escrito por Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política

 El Pais - 22/03/07

En la sesión de control celebrada el día 14 en el Congreso, Rajoy se dirigió a Zapatero para plantear una pregunta llena de lógica en el fondo: ¿qué piensa hacer con la legalización de Batasuna? Pero tanto las formas con que el político gallego puso el tema sobre la mesa, como la respuesta de Zapatero se convirtieron en indicadores del clima político reinante. "Diga que Batasuna no se va a presentar a las elecciones", exigió el primero, descartando de antemano que la formación ilegalizada decidiera a tiempo ajustarse a la Ley de Partidos. Zapatero no se dignó responderle sobre el tema; le interesaba sobre todo reprochar por enésima vez al PP su falta de apoyo a la política antiterrorista del Gobierno. Pero lo que no dijo Zapatero a Rajoy, se lo explicó a su entrevistador de Onda Cero al día siguiente. En una palabra, el líder del PP no espera a criticar las actuaciones del Gobierno a que las mismas se produzcan; las descalifica de antemano. Y el presidente prefiere contar en una radio lo que las normas democráticas le exigirían contar en el Congreso. Ni aquél se preocupa de controlar, condena una y otra vez, ni éste percibe que por encima del odio personal se encuentran los usos democráticos.

Tal es el principal efecto perverso del ambiente político en que sobrevivimos, más que vivimos, desde que el Partido Popular decidiera sustituir el juego de zonas por un violento pressing en toda la cancha apenas perdidas las elecciones de hace tres años. Una tras otra, las piezas del sistema político sufren los efectos de dos estrategias más preocupadas por destruir a toda costa al adversario que de respetar las reglas del juego.

Como tantas veces se ha escrito, el Partido Popular no asumió su derrota electoral del 14 de marzo de 2004, y desde ese momento su papel ha sido antes el de denunciante de la ilegitimidad del poder socialista que el de principal grupo de oposición. Un poder ilegítimo, como el tirano de los textos medievales, admirablemente representado en el fresco sobre el mal gobierno del Común de Siena, es incapaz de adoptar decisión alguna válida y sólo se encuentra en condición de acumular errores y horrores. Por añadidura, esa inclinación al mal se ve agudizada por los excesos cometidos en su oposición al Gobierno de Aznar en vísperas de las últimas elecciones. De ahí que ni siquiera se salve de la quema la contribución española a la crisis de Afganistán: tal y como nos recuerdan un día tras otro los responsables del partido y los informadores de sus medios, allí no hay ayuda humanitaria sino participación en una guerra. Afganistán tiene que ser lo mismo que Irak. "¡Gracias, talibanes!", falta por exclamar. Todo medio es bueno para echar por tierra las acciones del Gobierno, y no digamos si se trata del 11-M. Más vale propiciar la absolución para los terroristas de Al-Qaeda, y poner en circulación todas las dudas posibles sobre un juicio tan transparente como el actual, que asumir una postura acorde con el status de una fuerza democrática que evita desprestigiar el Estado de derecho. El "reportaje" emitido el día 12 por Telemadrid fue una muestra de hasta dónde puede llegar esa voluntad de sembrar desorientación y falsas evidencias.

Nada tiene de extraño que cuando se produce una decisión del Gobierno discutible, o la sospecha de esa decisión, el PP asuma, no la función de analizar y criticar los errores o insuficiencias del Gobierno, sino la personalidad de paladín de la Nación ofendida. De este modo renuncia a todo esfuerzo de esclarecimiento dirigido a la opinión pública. Aunque en algunas ocasiones pueda tener razón, lo que esgrime no son argumentos, sino una espada vengadora, y de papel además en manos de Rajoy. En algo tan abierto al debate como la prisión atenuada para De Juana, tema propicio como el que más para una disección, a la vista de la cadena de inseguridades en la explicación gubernamental, el PP se limitó a clamar una y mil veces contra el "chantaje" que a su juicio muestra la traición a punto de consumarse en Euskadi por Zapatero contra España. Claro que la réplica socialista, trayendo por los pelos supuestos comportamientos pro-impunidad en la política penal de Aznar, tampoco tuvo desperdicio.

Igual que sucediera en el debate sobre el Estatut, donde tanto había que decir, en el caso De Juana el PP hizo de su voz un grito, y de paso desatendió a aquellos ciudadanos que pudieran ser ganados por una crítica razonable. Por usar una observación dirigida en el periódico El Sol contra la derecha en los años 30, mala cosa es ver la política de una derecha entregada a "azuzar las masas": "Vemos un partido de orden cuya propaganda provoca inevitablemente el desorden dondequiera que se produce". Aspirando a ofrecer siempre y en cada caso la enmienda a la totalidad, la eficacia política acaba siendo nula, ya que entre otras cosas la protesta se agota en sí misma y en la exhibición de ese peligroso ritual de himnos y banderas que fraudulentamente busca atribuir al PP el monopolio de la Nación Española. Rajoy esboza algo parecido a una explicación, arguyendo que como el Gobierno rechaza su pacto, él pacta con "la gente". En suma, estamos ante un vacío estratégico total, salvo a efectos de erosionar la confianza de sus seguidores en las instituciones representativas. Por lo menos, en medio de la tormenta, Zapatero prosigue su labor de modernización de la sociedad civil, con leyes como la recién aprobada de igualdad de género. El PP se abstiene.De esta manera, el Gobierno Zapatero escapa con un mínimo desgaste a sus propias contradicciones. Puede permitirse el lujo de exhibir todo un abanico de políticas sobre el Sáhara, con el siniestro respaldo dado por el presidente a la negación por el Gobierno marroquí del principio de autodeterminación reconocido en el Plan Baker, de un lado, y de otro, las palabras de Juan Carlos en Argel de contenido diametralmente opuesto. El razonamiento en que se apoya la primera opción es muy curioso, por reproducir los argumentos esgrimidos por Moratinos para dejar colgada a la oposición interior en Cuba. Como la defensa de la democracia no habría producido ni en uno ni en otro caso resultado alguno, resulta conveniente hacer el juego de los opresores, Castro en la isla, Mohamed VI para el Sáhara. Para quien haya vivido la experiencia del franquismo, es como si algún bienpensante hubiera recomendado el reconocimiento del régimen de Franco por México, ya que la lealtad a la República no produjo la caída de nuestra dictadura. Zapatero y sus asesores o mentores del lobby marroquí tendrían que explicar qué contenido puede tener una autonomía en un sistema tan autoritario y tan propicio a la violación de los derechos humanos como el de nuestro vecino del Sur. ¿Encaja esto con la profesión de fe regia en la "libre determinación"?, ¿o se trata de que el producto se vende con envolturas distintas según cuál es el destinatario? Todo indica que es la cesión de Zapatero lo que orientará nuestra política exterior sobre el tema.

En una palabra, imperio del oportunismo. Es lo que ha suscitado una amplia desconfianza en el tratamiento por el Gobierno de la cuestión vasca. Pero lo importante no es el beneficio otorgado a De Juana, sino lo que va a venir pronto, la eventual legalización de Batasuna. Y aquí hasta el momento, sin que el PP lo reconozca, las palabras del Gobierno son irreprochables, del mismo modo que las sospechas resultan plenamente justificadas. No puede decirse lo mismo de la condena preventiva. Las habas están contadas a la hora de interpretar la futura actitud de Batasuna. La condena de "la violencia", en un plano genérico, hubiera sido una burla. Tendrá que cortar el cordón umbilical con ETA, empezando por desmarcarse del "terror", y si la palabra no gusta, de la "lucha armada". Componendas, no gracias. Y lo cierto es que las declaraciones de Otegui al rechazar la lucha armada, a favor de la democracia como vía para la independencia, apuntan al buen camino. Hasta ahora todos los pasos del Gobierno se han atenido al respeto a la Constitución y a la Ley de Partidos. Así las cosas, tiene sentido la vigilancia, no entregarse a ese azuzamiento de masas susceptible de constituirse en un auténtico bumerán para los promotores.

Existen, pues, acontecimientos políticos, no vida política en el sentido de una competencia y debate abiertos de los grandes partidos en un marco pluralista de los medios y en las instituciones representativas. PSOE y PP recuerdan en su estilo de conflicto la lucha a muerte de señores de la guerra encastillados, como los personajes de Ran de Kurosawa. Por fortuna, sin sangre, pero con una degradación de las instituciones observable especialmente en un tercer poder, el judicial, desgarrado por la división en "progresistas" y "conservadores", la mayoría de los cuales cumplen de modo puntual con sus papeles, sugiriendo la negación misma de la idea de justicia. Y difícilmente podrán arreglarse las cosas en un año cargado de elecciones que culminará en una confirmación por aplastamiento, lo más probable, o en una revancha.

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