Ceranda Digital

Publicado el 4 de Junio, 2007, 19:20

Escrito por  Santiago Petschen, catedrático de Relaciones Internacionales en la UCM

El Pais - 16/05/07

Una de las vivencias académicas que me dan más satisfacción en los cursos que, como profesor Jean Monnet, doy en mi Facultad de Ciencias Políticas y Sociología es recibir a algunos alumnos provenientes de la Facultad de Educación. Su presencia, me produce la impresión de que lo que explico, en los críticos momentos de la Unión Europea, puede caer en un terreno mejor abonado, tratándose de estudiantes particularmente vocacionados para la pedagogía social. Porque, a la Unión Europea, la hizo la pedagogía. Grandes ideas para realizar la Unión Europea las tuvieron muchos: Coudenhove-Kalergi, Briand, los creadores del Consejo de Europa, los dirigentes de la OECE, los impulsores de la Comunidad Europea de Defensa. Pero les faltó capacidad de aplicar. ¿Tiene algún parecido con lo que sucede ahora? El fracaso de la Comunidad Europea de Defensa no puede extrañar hoy. Su derrota en la Cámara francesa no fue la causa sino la que lo hizo patente. ¿Cómo pretender en aquellas fechas, un ejército europeo bajo una autoridad política única, cuando hoy, medio siglo después del Tratado de Roma, resulta imposible hacerlo? El que más claro vio la cuestión, distanciándose un tanto de ella, fue Jean Monnet.

Los talentos unidos de Adenauer, Schuman y De Gasperi, sin Jean Monnet, no hubieran hecho de aquella forma las Comunidades con las que empezó a construirse la Unión Europea. En el inicio de la construcción, la dimensión pedagógica -tan rara como ignorada en el mercado internacional-, la aportó, consciente de tener elaborada “una filosofía de la acción”, Jean Monnet. Debería, por ello, ser leído y meditado tanto como Maquiavelo aunque el sentido común monetiano tenga menos morbo. Si Maquiavelo supo deducir de la historia y de la psicología el método para lograr, mantener y acrecentar el poder político, Monnet supo concebir y llevar a la práctica la forma de convertir un área de guerras mundiales en una zona de paz.

La dimensión personal de Monnet de la que hablamos, tiene varios aspectos. Primero, una confianza en sí mismo fuera de lo común. No habiendo sido nunca universitario pues dejó la escuela a los dieciséis años -aunque ahora dé nombre a muchísimas cátedras-, era capaz de plantarse ante los líderes de la Europa del momento para decirles con convicción lo que era necesario hacer. Su decisión “consistía”, nos dice de sí mismo, “en ir a convencer a quienes tenían el poder de actuar, dondequiera que estuviesen”. Lo único en lo que Monnet podía sentirse superior para adoptar aquella actitud ante Viviani, Balfour, Churchill, Schuman, Adenauer, era su talento pedagógico. Algo que vivía con tranquilidad, la indefectible compañera de la seguridad.

Segundo, fue la obsesión por construir lo común y por persuadir a los responsables para que se convenciesen de “las inmensas posibilidades de la acción común”. Monnet vertebró su vocación de pedagogo social en torno a tal objetivo. Por ello buscaba el “entendimiento profundo” entre unos hombres que “disponían en sus respectivos países de tales redes de influencia que el interés general penetraba en los centros de decisión nacionales”. Hacia las convicciones nacionalistas de De Gaulle manifestó su clara prevención, orientando su voto a Lecanuet y a Mitterrand que se mostraban más europeístas. De Gaulle optó por apoyarse en el poder asentado en los fuertes sentimientos pro franceses. Monnet -sin tener poder- enseñó a construir una difícil unidad política superando las más hondas tendencias particularistas.

Tercero, un conjunto de detalles relacionados entre sí: la elección de los nombres, el montaje del lugar de trabajo, la cuidadosa selección de las personas, las visitas a los que tenían el mayor poder, el no quererse presentar a elecciones políticas, el utilizar métodos muy concretos y pacientes para persuadir, el exigir la redacción de unos textos muy esmerados. Concretemos algunos de estos aspectos.

El nombre elegido que Monnet consideró más logrado fue el de Comunidad: trabajo en común hacia objetivo común con rechazo frontal al mercadeo. Tenía preparada la oficina de la calle Martignac para intentar convencer a todas horas. Sobre las personas decía: “Nunca basta la demasiada experiencia de los hombres”. Y sobre las instituciones, “donde reinaba la organización, reinaba el verdadero poderío”. Persuadir era para él el ejercicio de un “martilleo constante de ideas simples, pocas en número, ampliamente difundidas”. Con respecto a la toma de decisiones Monnet era un gran amigo del sistema de la ponderación. La proporcionalidad presta atención a lo particular. La votación es necesaria para hallar al ganador. La ponderación es más útil para encontrar la idea reconocida como de todos. Fue muy cuidadoso para que se redactaran los textos con suma perfección como aparece en el Tratado de la CECA (preámbulo y articulado) que resultó modelo para otros tratados posteriores. Sentiría Monnet como pedagogo social (que no didáctico pues no le gustaba la escuela y en sus escritos hay párrafos demasiado farragosos), que el método de la ponderación para tomar decisiones quedase arrumbado en Niza de una forma tan caótica. También sentiría que la palabra común haya sido, en la Declaración de Berlín, epíteto sólo aplicado a tres realidades altamente inconcretas: los ideales, los fundamentos y el futuro. De palabra muy deseada ha pasado a ser no ya marginada sino también, temida. Es la consecuencia de años de descuido en la construcción del metademos europeo.

En los tiempos que corremos puede ser enriquecedor intentar penetrar en aquella sabiduría práctica que tanto sirvió para iniciar la unión de Europa, con duración cuando menos hasta Maastricht. Sabiendo que la gran cualidad de Monnet fue su capacidad de unir hombres, puede ser bueno seguirle en algunos de sus criterios: “Mi juicio lo ajustaré a la sabiduría de los grandes hombres prácticos”. O de sus puntos de mira: “El enfoque tiene más peso que las cosas mismas”. O de su perspicacia: “Es evidente que los hombres que están en el poder carecen de ideas nuevas por falta de tiempo y de información y que desean hacerlo bien, a condición de dejarles todo el mérito”. También puede ser valiosa su advertencia “es más fácil hacer máquinas que rehacer mentalidades”. Europa “no tiene más alternativa que la unión o una larga decadencia”. Los tiempos y las circunstancias pueden cambiar, pero la pedagogía para afrontar las grandes construcciones sociales es algo íntimamente relacionado con la naturaleza del ser humano que siempre es permanente.

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